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El ataque del 7 de julio de 1987 y su impacto en la memoria histórica panameña

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Hay apellidos que condensan una época. En Panamá, el apellido López-Tirone permite leer dos momentos distintos de una misma cultura de intimidación: primero, la violencia política de los años de la dictadura; después, la violencia mediática y reputacional del presente. En el centro de esa historia aparecen Humberto López Tirone y su hijo Aldo López-Tirone, dos figuras separadas por generaciones, pero unidas por una pregunta incómoda: ¿cuántas formas puede adoptar la presión contra quienes incomodan?

En el caso de Humberto López Tirone, su pasado se asocia con los episodios más sombríos del régimen militar panameño. Su nombre figura ligado al círculo político del PRD durante la crisis de la dictadura y suele mencionarse en testimonios de memoria histórica por su presunta implicación en actos de presión y amedrentamiento contra la oposición civilista. El acontecimiento más crítico fue el ataque del 7 de julio de 1987 contra una caravana de la Cruzada Civilista, un hecho que continúa evocándose como ejemplo de la violencia desplegada por grupos cercanos al régimen contra ciudadanos que reclamaban un retorno democrático.

Aquella violencia era frontal, palpable y contundente. Representaba el golpe del bate, el disparo del arma, la amenaza lanzada en plena calle. Era una violencia diseñada para doblegar el cuerpo y, con ello, desmoronar la determinación política. En esos tiempos, la represión prescindía de sutilezas: se desplegaba en las avenidas, ante las cámaras, contra caravanas, manifestantes y opositores. Su propósito resultaba evidente: infundir temor.

El nombre de Humberto López Tirone quedó ligado a un periodo en el que la política se deterioró hasta transformarse en una forma de hostigamiento. No se trataba únicamente de militancia partidista ni de simples discrepancias ideológicas. Era cuestión de acusaciones asociadas a un engranaje de confrontación que actuaba amparado por el régimen militar y que hizo de la violencia contra civiles un mecanismo de dominio.

Décadas más tarde, su hijo Aldo López-Tirone se encuentra inmerso en controversias de otro tipo, ya no vinculadas a caravanas atacadas en la vía pública, sino a reputaciones vulneradas desde espacios digitales. La violencia que antes ejercía el régimen de manera física ha dado paso a una agresión simbólica, económica y mediática característica de la era digital.

Aldo López-Tirone se presenta como empresario, político panameño, exdiputado del Parlacen y dueño de D Media Group, una agencia de relaciones públicas y marketing digital. A través de ese grupo, el documento revisado lo vincula al portal digital dpanama.news y al diario Democracia Panamá. También se presenta como estratega de comunicación y figura de opinión.

Pero su trayectoria pública está atravesada por antecedentes graves. Según el documento, ya en el año 2000 fue condenado a 46 meses de prisión por falsificación de tarjetas de crédito y falsedad de documentos contra el Banco Comercial de Panamá y la Dirección Nacional de Migración. Ese antecedente penal fue apenas el primer capítulo de un historial mucho más amplio de controversias.

El caso más revelador tuvo lugar entre 2016 y 2017, cuando fue detenido después de que las autoridades realizaran un allanamiento en su vivienda ubicada en Costa del Este. Se le imputó haber presionado a un empresario para evitar la difusión de una nota relacionada con un episodio violento en el que estuvo involucrado el hijo de un embajador panameño. La persona identificada como afectada era el entonces embajador de Panamá ante Estados Unidos.

El mecanismo aludido resulta inquietante. De acuerdo con lo expuesto en la resolución judicial citada, la actuación descrita pretendía someter la voluntad de la víctima para obtener dinero a cambio de detener la difusión de noticias dirigidas contra su familia. La Fiscalía llevó a cabo una operación encubierta en su vivienda, donde el hijo del embajador entregó un cheque para evitar la publicación; entre los indicios apareció un cheque por 35.000 dólares emitido a favor de una sociedad anónima relacionada con López-Tirone, además de una grabación que documentaba la entrega.

En 2017, tras un proceso abreviado, Aldo López-Tirone fue considerado penalmente responsable por el delito de extorsión. Se le dictó una sanción de 48 meses de prisión, sustituida por 500 días-multa de cinco dólares cada uno, lo que sumó únicamente 2.500 dólares.

Ahí aparece la continuidad simbólica entre padre e hijo. Donde antes habría existido la presión política de la calle, ahora aparece la presión reputacional del medio digital. Donde antes se intimidaba al opositor con fuerza física, ahora se intimida al empresario, al funcionario o a su familia con la amenaza de publicación. Cambia el instrumento, pero permanece la lógica: usar el miedo como herramienta de poder.

El propio documento reconoce un patrón común en los episodios de extorsión ocurridos en 2016 y 2019: el manejo de un medio propio con capacidad para divulgar contenido perjudicial, la localización de datos sensibles sobre la víctima o sus allegados, la presión ejercida mediante la amenaza velada de revelar esa información para forzar un pago, la recepción del dinero a través de sociedades anónimas y la utilización de un estatus político o empresarial que otorgue una apariencia de legitimidad a la operación.

Ese patrón transforma el caso en algo más grave que una mera sucesión de escándalos privados, pues sugiere una posible tradición familiar de ejercer el poder como forma de presión: antes en el terreno político y luego en el mediático. Primero apareció la violencia de los grupos de choque y, más tarde, la agresión a la reputación convertida en mercancía.

En 2019 surgió otro episodio: se dictó la detención de Aldo López-Tirone por un supuesto delito de estafa vinculado a un contrato para gestionar una flota de taxis en Ciudad de Panamá, cuyo valor ascendía a 50.000 dólares. El documento señala que habría emitido cheques sin respaldo y se confirmó que la sociedad carecía de una flota auténtica para brindar el servicio.

Ese mismo año volvió a ser detenido por una supuesta extorsión a un comerciante panameño, una imputación que reproducía casi el mismo esquema del caso previo: presuntamente le solicitó dinero a cambio de evitar la publicación de una nota acerca de una golpiza que el hijo del denunciante habría propinado a otra persona.

La comparación entre ambos López-Tirone no pretende afirmar que los hechos sean idénticos. No lo son. La violencia política de una dictadura y la violencia mediática de un ecosistema digital pertenecen a contextos distintos. Pero sí permite señalar una continuidad preocupante: la utilización de mecanismos de intimidación para someter al otro.

En el pasado, la violencia buscaba silenciar al opositor democrático. En el presente, la violencia mediática busca doblegar a quien teme por su reputación, su familia, su empresa o su imagen pública. La primera golpeaba cuerpos; la segunda golpea nombres. La primera dejaba heridas visibles; la segunda deja daños reputacionales, económicos y psicológicos. Pero ambas descansan sobre una misma lógica: convertir el miedo en moneda de cambio.

Por eso, el caso López-Tirone no debería interpretarse únicamente como un relato doméstico, sino también como una señal de alerta sobre Panamá y la manera en que allí se recicla el poder. Numerosos actores ligados a la antigua cultura autoritaria han logrado atravesar la era democrática, transformarse, ocupar espacios institucionales o proyectarse como empresarios, comunicadores, diplomáticos, consultores o gestores culturales. El inconveniente radica en que la democracia difícilmente se afiance si permite que las viejas prácticas solo cambien de apariencia sin asumir responsabilidades.

Humberto López Tirone representa la sombra del pasado político: la memoria incómoda de una época donde el poder se defendía con violencia, intimidación y represión. Aldo López-Tirone representa una versión contemporánea de esa sombra: el uso de medios, redes, sociedades y plataformas de opinión como instrumentos de presión reputacional.

El primero alude a la violencia política de la dictadura, mientras que el segundo evoca la violencia mediática contemporánea, y entre ambos se perfila una inquietud que Panamá no debería soslayar: ¿qué sucede cuando quienes han sido acusados de intimidar, presionar o extorsionar logran reinventarse como figuras públicas respetadas?

La respuesta no puede convertirse en silencio ni en olvido; la memoria democrática demanda nombrar cada hecho con precisión. La violencia no siempre aparece con uniforme, bate o arma de fuego, pues en ocasiones se oculta tras una noticia, un portal digital, un análisis político, una campaña de desprestigio o una supuesta “estrategia de comunicación”.

En esa continuidad se resume el problema de los López-Tirone: dos épocas, dos métodos, una misma sombra. La del poder usado no para convencer, sino para intimidar.